El auténtico derecho a la vida

Por: Manuel Moisés Montás

Existe no poca contradicción e hipocresía en los argumentos sobre los cuales algunos sectores de nuestra sociedad se oponen todavía a la despenalización parcial del aborto. Por despenalización parcial entendemos la legalización del mismo en los casos de alto riesgo para la madre o cuando el embarazo es el fruto indeseado de una violación.

Los partidarios de la penalización absoluta del aborto, la mayoría de ellos bienintencionados aunque también, según se verá, sinceramente equivocados, basan su postura en una serie de argumentos que podemos resumir aquí en tres; a saber, la inviolabilidad del derecho a la vida, la fragilidad institucional, y la voluntad divina manifiesta en las Sagradas Escrituras.

Cierto es que la vida humana debe ser valorada y defendida incluso desde el momento mismo de su concepción, pero no menos cierto es que nadie tiene derecho a obligar a una persona a proseguir con un embarazo incluso a riesgo de perder su vida. El derecho a la vida, así concebido, deviene en una condena de muerte, y aunque muerte es también lo que tristemente surge de cualquier aborto, a nadie se le puede obligar a renunciar en contra de su voluntad a la más preciada de sus posesiones, que es su vida misma, ni puede existir ley alguna que subordine la supervivencia de los ya nacidos a la de quienes están todavía por nacer.

Casos como el de aquella niña brasileña, que con apenas nueve años, luego de ser sometida a inefables abusos sexuales, se vio en la necesidad de abortar un embarazo de gemelos a fin de evitar una muerte casi segura, siendo a la sazón castigada con la excomunión de parte de la Iglesia Católica, deberían motivarnos a la reflexión, la vergüenza y el asombro, por cuanto no faltan fanáticos dentro y fuera de todos los credos que habrían considerado la eventual muerte de la pequeña como un mal menor.

Hay quienes, incluso reconociendo la veracidad de lo anteriormente expuesto, se oponen a la despenalización parcial del aborto alegando que, dada la fragilidad de nuestras instituciones, no faltarían quienes violenten la legislación para abortar en cualquier caso. Estos se equivocan dos veces: la una, al hacer de la probable transgresión de una ley justa una causa suficiente para su total invalidación; la otra, al consentir que se haga una injusticia innecesaria con la supuesta intención de evitar una injusticia mayor.

Si la posibilidad de que alguien pueda hacer mal uso de las leyes fuera razón suficiente para impedir su implementación, creo que no existiría ley alguna y el derecho seria una ciencia vacía, carente de toda significación práctica.

Por lo que respecta a las Sagradas Escrituras, si bien es cierto que su estudio revela que para Dios el aborto es una práctica sumamente lamentable, como también lo son el robo y el homicidio que hoy en día parecen no preocupar a los fieles tanto como deberían (pues no en vano fue escrito que quien transgrede la Ley en un punto se hace transgresor de toda ella), no menos cierto es que Jesús jamás obligó a nadie a seguirle ni a vivir según sus enseñanzas.

Es, pues, mucho más propio de tiranos y fariseos, que de cristianos auténticos, el esperar que la ley haga por fuera lo que la conversión no ha logrado por dentro. Corresponde al Estado el garantizar la libertad individual; a las iglesias, el invitarnos a hacer un buen uso de ella._