La idolatría de las profesiones y la miseria del estudiantado dominicano

Por: Manuel Moisés Montás._

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El alarmante abandono voluntario de los estudios primarios, secundarios y universitarios de parte de los jóvenes procedentes de la creciente mayoría de familias con bajos ingresos en nuestro país tiene que ver menos con la pobreza de los alumnos que con la escasa utilidad que éstos advierten en su efectiva culminación.

El alumnado dominicano podrá ser cualquier cosa menos tonto. Con su deserción los alumnos demuestran una racionalidad económica muy superior a la de quienes pretenden que éstos inviertan más de veinte años, colmados de toda clase de precariedades, en recibir una instrucción que será casi absolutamente irrelevante a su necesario y vital interés en acceder rápidamente a un mayor nivel de ingresos.

¿Es realmente indispensable que alguien se pase estudiando un tercio de su vida para merecer un nivel de ingreso elevado, reconocimiento y prestigio social? ¿Hemos de ser todos licenciados, ingenieros, doctores y profesionales con maestría hasta en lo ridículo para que se nos considere como algo más que mercancías? ¡De ninguna manera!

La perversidad de la idolatría de las profesiones que da forma a nuestro actual sistema educativo, con claros matices medievales, es mucho mayor de lo que parece en principio, por cuanto el sistema empuja, en una especie de espiral masoquista e interminable, a cantidades ingentes de alumnos confundidos y desmotivados a aprender lo que no necesitan en universidades que, constreñidas de presupuesto y recursos, responden al abrumador exceso de la demanda con una evidente reducción en la calidad de su oferta académica; cuestión a la que los empresarios responden con una reducción en la escala de salarios que, una vez combinada con el pluriempleo y la desmotivación del profesorado, contribuye a profundizar aún más la miseria del estudiantado dominicano.

Crueldad inaudita, sin duda ha de considerarse también, el que el Estado nos obligue por la vía fiscal a ser accionistas involuntarios de la desgracia de decenas de miles de nuestros hermanos cada año a través de este proceso.

A fin de mitigar la miseria del estudiantado dominicano se ha de proceder a realizar una reforma funcional del sistema de instrucción pública en nuestro país, orientándole hacia la formación eficiente y eficaz de una nueva ciudadanía, mejor preparada para la convivencia armónica y el uso conveniente de la libertad individual, equipada con conocimientos y grados técnicos en diversas especialidades a escoger por el alumno atendiendo a sus aptitudes, objetivos e intereses.

Esta reforma debe contemplar asimismo facilidades de acceso a los portadores de los grados técnicos hacia los cursos avanzados o de especialización (Postgrados y Maestrías), evitándoles la obligatoriedad de una prolongada carrera universitaria. De esta manera, los alumnos de bajos ingresos y cualesquiera otros que opten por una formación técnica, contarán con una ventaja competitiva que sería sin duda bien apreciada por las universidades y el empresariado.

En el espíritu de la reforma aquí sugerida, presente en la obra del ilustre José Luis Alemán, tanto el Estado como las organizaciones no gubernamentales, religiosas y caritativas podrían focalizar sus programas de asistencia económica en aquellos alumnos mejor dispuestos para los rigores de una prolongada batalla académica._