De alegorías taurinas y cazadores de privilegios

En la geografía española pocos eventos son tan llamativos y acaso también tan desagradables como la muerte artesanal de toros elevada a la categoría de espectáculo. El toro, animal orgulloso, robusto y de extraordinaria belleza, es mucho más fuerte que su escuálido rival, pero su psicología es limitada, lo que permite a este último aprovechar el poderío de la bestia para agotarle.

El truco del matador consiste en lograr que el animal persiga un objetivo móvil e inútil, llegando a proponerle ocasionalmente con la ayuda de algunos subalternos varios objetivos. De esta manera el animal acaba por no dar con ningún objetivo en particular al pretenderlos a todos a la vez. A medida que la agitación del toro se incrementa, la sangre fluye con mayor rapidez hacia las pequeñas heridas que le van ocasionando sus verdugos, acelerando la hemorragia. La reducción progresiva de las fuerzas del animal anuncia la venida de un fatal desenlace.

No menos funesto final es el que resulta de la replicación sociopolítica de este horrendo espectáculo en la dirección del destino de millones de seres humanos. Vestidos de hermosura y con gestos elegantes -que con frecuencia no bastan para disimular sus malas mañas- se aprovechan muchos del pueblo moviéndole en una y otra dirección a la busca de una promesa, de un objetivo vano, inútil y siempre distante haciendo de su desgracia una especie de entretenimiento lucrativo.

Tal es la forma de proceder de quienes reducen la actividad política a un juego de intereses particulares en lugar de una herramienta al servicio del mayor bien común. Los cazadores de privilegios, que es como mejor se define la condición de quienes se aproximan al quehacer político por cualquier motivo ajeno al hambre de un mejor país, constituyen un serio problema nacional, por cuanto no pierden ocasión de perjudicar el interés público en la búsqueda de un beneficio privado.

A pesar de las apariencias, quienes hacen del quehacer político una “profesión” sobre la cual amasar grandes fortunas y ascender rápidamente en el escalafón social no son en modo alguno diferentes a ladrones vulgares. De hecho, son peores, porque ladrones los hay que lo hacen para poder dar de comer a los suyos ante la falta de un trabajo digno, pero los políticos que se lucran del tesoro público no tienen otra excusa que la avaricia ni otra razón que el vicio para justificar sus “indelicadezas”.

Una de las formas más abominables e ignoradas de robo que practican descaradamente y con toda impunidad nuestros políticos es el derroche elevado también a la categoría de espectáculo público.  ¿Acaso  nos merece una consideración moral distinta a la del robo el gasto exagerado del Estado en bienes de lujo en un país con tanta gente viviendo en condiciones de miseria extrema? ¡Mientras haya gente con hambre en este país ningún funcionario público debería andar en un vehículo de lujo, ganar un sueldo kilométrico, ni viajar en primera clase!

Con solo imaginar la cantidad de familias que podrían llevar una vida menos indigna en ocasión de recibir tan solo los recursos que se evaporan en la depreciación anual de la flotilla de vehículos de lujo en manos del sector público puede hacerse uno una idea de lo horrendo que es este crimen.

El desempleo, estrechamente ligado a la delincuencia y la pobreza extrema, no puede reducirse en un país cuando una porción considerable de sus limitados recursos es destinada a emplear jeepetas, helicópteros y otros “bienes” o “servicios” estériles en cuanto al incremento de la riqueza y el desarrollo humano nacional.

Si nuestros actuales dirigentes políticos fueran verdaderamente íntegros en el manejo de las finanzas públicas no correrían a toda prisa, como lo hace el matador asustado por la audacia inesperada de la fiera, a esconderse detrás de los muros de la impunidad para quedar fuera del alcance de la ira del toro, de la justicia del pueblo. Si fuera el suyo un interés auténtico por reducir la miseria en la cual viven sus hermanas y hermanos seguramente practicarían una austeridad distinta a la del paso de una Jeepeta Lexus a una LandCruiser.  ¡Olé!.


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