Los males necesarios de nuestra democracia

El presidente Leonel Fernández Reyna acaba de reconocer ante los medios de comunicación la existencia de las llamadas nóminas CB, que hasta ahora tanto él como otros miembros de su partido habían negado, sugiriéndoles como un “mal necesario” para poder gobernar nuestro país.

Al Dr. Fernández y a quienes piensan como él, me permito decirles que el único mal verdaderamente necesario para que ellos puedan gobernar a un país como el nuestro es la pobreza, la misma que hasta ahora nuestros gobernantes se han encargado de perpetuar como una garantía de su viabilidad política. Nos referimos aquí a la pobreza que según los informes de las Naciones Unidas se extiende en nuestro país desde la economía doméstica hasta la educación, la forma de pensar y vivir de nuestro pueblo.

En efecto, solamente en un país hundido en la más profunda miseria material, espiritual y moral un gobernante puede desviar fondos estatales y mentir abiertamente sin ser devorado por la opinión pública, menos aún permanecer en el poder más allá de su período constitucional o aún modificar la constitución a la medida de sus intereses. Únicamente en este contexto, pueden ser candidatos populares a la presidencia personajes que, como Miguel Vargas Maldonado y Amable Aristy Castro, no disponen de las credenciales morales mínimas  deseables en quien preside una nación.

¿Alguno de los fervientes entusiastas de los partidos tradicionales de nuestro sistema o de sus visagras tan queridas puede decirme cuáles han sido sus logros en materia sanitaria, regional y educativa? No seamos tontos ni ingenuos: la construcción de escuelas por sí sola no hace más inteligente al alumno, como tampoco las obras públicas equivalen irrestrictamente a desarrollar una región. Un gobierno que miente en lo poco, también lo hace en lo mucho, como también el que  miente para llegar lo hará para quedarse allí. Los logros macroeconómicos no son tan impresionantes cuando se les interpreta desde la microeconomía de nuestros bolsillos.

Si tanto la observación simple, como las estadísticas –usualmente amañadas- del gobierno afirman que la gente no estudia más ni mejor, que su poder adquisitivo disminuye, que la salud pública  y el desarrollo regional no presentan mejoras significativas; ante la creciente inseguridad social, energética y política ¿es sensato hablar tanto de avance y de progreso? ¿Es pa’ lante que vamos?

Creo que la gran mayoría de los dominicanos, sea por la razón o la experiencia, están conscientes de la cosa realmente no es así, de que nuestro país no avanza a pasos agigantados según nos dicen. Lo que pretenden muchos de los que han apoyado y todavía apoyan la deficiente gestión del Partido de la Liberación Dominicana, es evitar el evidente retroceso que ahora mismo encarna el regreso al poder tanto del Partido Revolucionario Dominicano como del Partido Reformista Social Cristiano.

De ahí también su desinterés por los candidatos alternativos, ya que el asunto no es elegir al mejor, sino evitar  que los más malos lleguen. En este sentido, la prolongación de la actual gestión viene a ser también un mal necesario para nuestro país, uno que con nuestro voto a favor de los partidos emergentes de mayor valía podemos abreviar o contener en provecho de nuestra gran nación._


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