Perspectiva electoral: ¿Doce años de Liberación Dominicana?

Las contiendas electorales, en tanto resultado de una realidad compleja y predeterminada, son hasta cierto punto predecibles (y cuando no es así, problemas de seguro hay que esperar) puesto que los movimientos sociales, aunque variables, presentan una cierta lentitud que se traduce en un ritmo difícil de ignorar por quienes de algún modo se encuentran a ellos vinculados. Su conocimiento es una ciencia imprecisa, pero de impresiones exactas.

El cada vez más certero triunfo del Partido de la Liberación Dominicana en la primera vuelta de las elecciones generales de este año, en un contexto de recesión económica y luego de una gestión gubernamental que bien podría considerarse como regular, debería llevarnos a la reflexión respecto a las causas e implicaciones de tan inusual acontecimiento.

Creo que las causas de este triunfo, como del resto de los logrados por esta agrupación política desde el año 2004 debemos buscarlas primero que nada en el pésimo desempeño de la oposición. En efecto, el Partido de la Liberación Dominicana regresa de un exilio de cuatro años al poder con un respaldo masivo en respuesta a la crisis económica atribuida al gobierno del Partido Revolucionario Dominicano entonces encabezado por Hipólito Mejía. El todavía fresco sabor amargo del pasado reciente facilitó la prolongación de este respaldo popular más allá de las elecciones del año 2006.

En ocasión del certamen electoral del año 2006, el desfalleciente Partido Reformista Social Cristiano decidió aunar esfuerzos oficialmente con el ahora opositor Partido Revolucionario Dominicano en la llamada “Alianza Rosada” lo que no evitó que algunos sectores disidentes acabaran por separarse del partido rojo para respaldar extraoficialmente las ofertas electorales del Partido de la Liberación Dominicana. La victoria del partido oficial fue rotunda: veintidós de las treinta y dos provincias rechazaron la soberanía rosada, asegurándole el dominio absoluto del Congreso Nacional.

De cara a las ya próximas elecciones presidenciales del año 2008 no es ya el recuerdo del pasado sino la pobre oferta electoral de los partidos de oposición tradicionales y emergentes lo que facilita la permanencia en el poder del partido morado. Los candidatos propuestos por los partidos tradicionales carecen de diferenciación positiva respecto al actual presidente, manteniendo sendos historiales de implicación en negocios turbios o actividades de cuestionable legalidad y honradez. Los candidatos alternativos de los partidos emergentes han sido igualmente incapaces de convencer a la población en este aspecto. Como la del resto de los partidos, su campaña ha sido una de críticas y no de planes de gobierno: no pretenden ser mejores o buenos, sino sencillamente menos malos; definen así siempre su valía respecto a los demás, lo que unido a las deficiencias de su maniobrar político los iguala siempre en el fracaso.

A lo anterior se debe añadir que ninguno de los candidatos de la oposición ofrece esa particular mezcla de carisma, moderación e intelecto que al electorado dominicano tanto fascina y encanta.

Donde sí ha tenido éxito la oposición, especialmente el Partido Revolucionario Dominicano, ha sido en presentar a la sociedad dominicana las sombras de la actual gestión y sus funcionarios, lo que no equivale en modo alguno a posicionar su oferta como necesariamente mejor. Los préstamos de la Sun Land, el expediente de la Secretaria de Estado de Turismo con la manejo de las áreas protegidas, el caso PEME, las promesas incumplidas por el poder ejecutivo y el extraordinario enriquecimiento de algunos empleados públicos han sido temas sumamente comentados y discutidos, instrumentándose inclusive algunos procesos judiciales sin mayor trascendencia.

El gobierno ha respondido a los ataques de la oposición descalificando sus gestiones pasadas o a sus actuales dirigentes, negando hasta lo innegable, protegiendo a los funcionarios corruptos y removiendo a los que, como el Dr. Max Puig, denunciaron las indelicadezas de otros cortesanos.

Sorprende por tanto, que a la luz de estos acontecimientos, en medio de una recesión económica, y frente a la evidente falta de avances significativos en lo concerniente al desarrollo regional, la situación educativa, energética e institucional de la República Dominicana, el Partido de la Liberación Dominicana se encamine a lograr nuevamente un triunfo popular.

Y, sin embargo, todo parece indicar que sucederá así. Con una victoria en términos tan ventajosos, la sociedad dominicana no solo reconoce como bueno y válido el desempeño de la actual gestión, sino que favorece tanto el agravamiento de las faltas presentes como la aparición de otras mayores en el futuro cercano.

Más allá de las elecciones del año en curso, cuyos resultados pueden ser a falta de graves infortunios replicados en las elecciones congresionales del año 2010 por el partido oficial, podemos extender nuestra curiosidad, quizá también nuestra imaginación, para considerar brevemente lo que podría suceder con miras al todavía lejano certamen electoral del año 2012.
Llegados a este punto, la prolongación de la debilidad en las fuerzas opositoras podría motivar al presidente a considerar la posibilidad de un tercer mandato, previa instrumentación de una reforma constitucional ante un congreso sumiso. Leonel Fernández contaría para entonces con menos de sesenta años, una edad nada indeseable para un estadista, pudiendo frenar en su momento las aspiraciones de un envejecido Hipólito Mejía o de un joven Orlando Jorge Mera con una deuda histórica familiar que el pueblo podría llegar a considerar todavía como demasiado pesada.

Conviene no precipitarse. En todo caso, en la medida en que la oposición política sea incapaz de encausar una renovación positiva extensiva al sistema de partidos en nuestro país, la gran perdedora en esta como en las sucesivas contiendas electorales será la voluntad de mejora común a las grandes mayorías en la República Dominicana, hasta entonces desterrada del arcoíris democrático de una democracia que, como la nuestra, parecería no tener más que un solo color. _


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